
Hace cerca de quince años, y espero me disculpe el lector por este texto tan autobiográfico (en esta columna suelto lo que me quema, ya lo siento), salía yo de la Universidad con unas ganas de triunfar dignas de un puma enrabietado. La Licenciatura en Psicología quedaba a mis espaldas, después de unos años de estudio, descubrimiento y búsqueda de la propia identidad, y al frente las luces de neón del futuro en blanco me esperaban. Tenía fuerza, y pensaba que extendiendo la mano podría agarrarlo todo, conquistarlo todo, doblegarlo todo ante mi decisión de cambiar el mundo. La primera parada, por supuesto, era legalizar mi posición laboral. Al día siguiente de obtener mi resguardo del título, ya estaba yo poniendo gestiones en marcha para darme de alta como autónomo. Qué cosas tiene la vida.
Decidí, como un descerebrado cualquiera, que el arte era lo mío. La psicología siempre estaría ahí para mí (bien lo sé ahora), como decía mi flamante papelito timbrado. Así que lo suyo era satisfacer mis ansias de crear antes de que fuera demasiado tarde. Siguiendo esa máxima chapucera, claro, de que para triunfar hay que perder de vista todo lo demás. La música no tenía buena pinta: llevaba millones de años tocando en decenas de bandas, y digamos que aún no compartía escenario con Metallica. La escritura no me estaba dando éxitos: tenía varios poemarios autopublicados, un libro de relatos cortos y una miríada de guiones amontonados en el cajón de la vergüenza. La crítica cultural me apasionaba, pero me leían cuatro pelagatos en las cuatro webs insensatas que me dejaban publicar en aquel internet tan distinto al de hoy. Por supuesto, el cine estaba descartado: ya me dirá el lector cómo coño podría hacer yo para saltar de mi piso de soltero semiputrefacto a los focos del sueño dorado. Había grabado algún cortometraje, pero eran movidas tan cutres que sería mejor echarles gasolina y una cerilla. Así las cosas, me dije: ¿qué me puede aproximar a toda esta mandanga? Y la respuesta, la de un descerebrado, fue: la fotografía. «Profesionalmente factible y artísticamente relevante», me decía con denuedo. Ay de mí.
La calentada fue absoluta: monté una web bien guapa, alquilé un local, compré material, me metí en un mundo hostil que únicamente quería comerme para, si eso, acabar escupiendo mis huesos. Hice el tour del novato, hablé hasta con las piedras, me moví como un chacal hambriento en busca de mi tierra prometida. El arte me esperaba. Pero yo, tan listo y tan preparado y tan sagaz y tan poderoso, no había contado con una cosa. Demasiadas expectativas destruyen la pasión. La incertidumbre desayuna sueños y cena ideales. Mi arte, mi gran torre de marfil, mi quimera y mi musa, se quedaba sepultado bajo toneladas de papeles, archivos de Excel, correos con gestorías y clientes que querían las entregas para ayer y soltaban los pagos para el «ya si eso». Y ahí estaba yo, rodeado de incendios, sentado en mitad de mi estudio de madrugada, con la verja bajada. La cara hundida en las manos. Sin arte, supongo. Sin inspiración. Me monté el casoplón empezando por el tejado.
Aguanté unos años, unos años duros. Trabajé unas cincuenta horas diarias, unos quince días a la semana. Y creo que en algún momento dejé de ser yo mismo. Y lo sé porque hace poco me dio por mirar mis registros de películas vistas, mi cuenta de last.fm, las carpetas donde guardo mis textos. Y vacío casi absoluto. Diez películas vistas en esos tiempos, de las cuales once eran chorradas de superhéroes, supongo que para creerme yo un poco más Iron Man y un poco menos el mayor fracasado del espacio Schengen. La música no estaba, solo la radio de fondo mientras me quemaba las pestañas en la pantalla del ordenador. Qué cosa tan deprimente. Los textos fueron cero, un redondo y amenazante rosco.
Pienso, en retrospectiva, que la caída al subsuelo de los sueños rotos fue tan estrepitosa que continuó vibrando en todos los márgenes de mi tiempo y existencia. Sin música, sin letras, sin cine. Acobardado, cansado. Olvidarse de uno mismo no es una opción, pienso ahora, pero en aquel momento era el descerebrado el que controlaba mis hilos. De algún modo, creo que para no tropezar con nuestros propios pies necesitamos lo que está ahí fuera. Calentar motores con un buen álbum y gritarlo hasta que fallen los pulmones, desayunar café y tortilla en compañía de un libro antes de lanzarse al ruedo, construir el domingo paseando de la mano de esa persona única sin destino al frente, perderse dentro de una sala oscura hasta que las luces se encienden y el embrujo dé paso a la reflexión y el comentario apasionado. Olvidarse de la vida porque vivir es otra cosa. Conectados a lo que somos, fieles a nuestro futuro.
Puede que hoy en día trabaje lo mismo que en aquellos años, puede que haya días que incluso más y con más desenfreno y pasión (pero esa es una historia para otro momento). Pero lo que hay delante podría merecer la pena, porque ahora miro al tejado desde abajo mientras pienso «ya te pillaré algún día, o no». Para vivir hay que estar. Para el arte nunca es demasiado tarde.
