Soy Evaristo, el rey de la baraja

Indigno de ser | diciembre 10, 2025

Nací un buen día, mi madre no era virgen. No vino el rey, tampoco me importó.

Tenía otro texto para hoy. Pero a veces, uno se encuentra con la realidad desde el mismo momento en que abre los ojos. Prometo que se me atascan las palabras, sentado frente a la pantalla del ordenador, pensando en parir este escrito. Esperando, mareado, saber volcar la víscera y la verdad que aprendí de mi maestro.

Cuando, en mi juventud, lo único que sabía hacer era escuchar música, tocar música y escribir música —y la cosa poco ha cambiado—, la figura de Robe lo era todo para mí. En mi walkman llevaba el Rock transgresivo en bucle, voceando eso de «tú en tu casa, nosotros en la hoguera». Jesucristo García fue una de las primeras canciones que aprendí a arañar en la guitarra, cómo no. Descubrí que la poesía puede ser otra cosa escuchando la voz cazallera del caballero placentino de la triste figura. Digo esto para poner contexto de todo lo que me vino a la mente cuando mi pareja me envió un mensaje a las 7:23 con el atemorizante titular «muere Robe Iniesta». Ella, que guarda su copia de Agila como si fuera el agua convertida en vino. Pero esa es una historia que dejaré para otro día.

Voy a ser directo: Robe ha sido una de las figuras más importantes de la música española. Una voz capital para entender el desencanto y la furia de los millones de personas que nos sentíamos interpeladas por la realidad que gritaba. Ni un puto pelo en la lengua, pero un corazón asilvestrado. Sus letras, las de un hombre nacido para la palabra, son ya historia de la poesía universal. Y podemos dar las gracias de que de aquí hasta que se apaguen las luces de la función para todos nosotros, podremos seguir acudiendo a ellas en los momentos más bajos para encontrar un poco de sentido. No parecía posible que un poeta, un alma tan libre y tan encarcelada, pudiera meterse dentro de tantos corazones jóvenes. Pero Robe no era un artista más: era la voz que todos hubiéramos querido tener dentro cuando caíamos, cuando perdíamos, cuando nos levantábamos y cuando nos cagábamos en todo a voces. Cuando llorábamos de rabia, de impotencia, de desamor o de ira. Cuando nos reíamos a carcajadas y solo se nos ocurría pensar en el coyote persiguiendo al Correcaminos montado en un vespino, o cuando escuchábamos un saxofón y lo primero que pensábamos era en alguna luna de esas que andan solas. Y hablo en plural porque el Robe nunca fue solo de uno de nosotros: fue de todos. Lo amamos con intensidad. Y cuando las conversaciones se estancaban siempre podíamos decir «pues una vez el Robe dijo que blablablá (o bribriblibli)», y todos nos girábamos como suricatos dispuestos a compartir una cerveza más y echar unos cuantos gruñidos en la puerta de algún bar.

Quizá es que, como decía él, al final aprendió a hacerse la maleta para poder vivir. Porque sus frases son algo más que aforismos sin ilustrar: son putos mantras malditos. Nadie podrá llenar el vacío de un artista que cambió la música, rehizo la palabra, se levantó desde las cloacas para acompañar a las mentes social-adormecidas, y cantó hasta que se bajó el telón. Aunque me gusta pensar que unos cuantos de nosotros estaremos haciendo guardia para que su legado continúe subido en los tejados.

Robe se ha ido. Todavía no me lo creo. Sigo enfrente de la pantalla, dando los últimos golpes al teclado, con la mirada perdida en algún punto que no logro identificar. Hoy no quería escribir esto: lo que quería era levantarme en un mundo en el que aún pudiera volver a encontrármelo en un concierto, él en las tablas, yo en estado de espera. Los referentes se van, y queda por delante una vida extraña en la que parece que solo el pasado suena bien. De alguna manera, es inevitable que lleguemos a estos cruces del camino. Porque el panorama cada vez pinta peor y nuestros poetas y nuestros maestros se están mezclando poco a poco con el polvo y dejando un hueco que ojalá supiéramos cómo cojones llenar. A los que crecimos al lado del rey de la baraja siempre nos van a quedar muchas cosas que decir.

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