Algún día hablaremos de cómo la Showgirls de Verhoeven no solo no es una mala película sino que tiene la capacidad de encapsular dentro de sí una sátira desquiciada e irreverente que no le tiene miedo a nada ni a nadie. Una marcianada insuperable que se ganó una fama inmerecida precisamente por abrazar lo que es: una locura de sexo imposible e interpretaciones pasadísimas que dispara sin medias tintas contra todo lo que se mueve.
